Ébano de Ryszard Kapuściński y el bidón de plástico rodado

      La mitad de la población de África aún no tiene cumplidos los quince años. Todos los ejércitos nutren sus filas con niños, los campamentos de refugiados están repletos de niños y son niños los que trabajan los campos y venden en el mercado. Y en la casa, al niño le corresponde el papel más importante: es el responsable del abastecimiento del agua. Cuando todo el mundo duerme todavía, los chicos pequeños se levantan de un salto en medio de la oscuridad y corren hacia las fuentes, los estanques y los ríos en busca de agua. La tecnología moderna ha resultado ser un gran aliado de estos crios, pues les ha regalado el bidón de plástico, ligero y barato. Hace una veintena de años, dicho bidón revolucionó la vida africana. En el trópico, el agua es la condición de supervivencia. Puesto que la canalización no es muy corriente por aquí y el agua no abunda en ninguna parte, a menudo hay que trasportarla a grandes distancias, a veces a más de quince kilómetros. Durante siglos enteros habían servido para este fin pesadas vasijas de piedra o barro. La cultura africana no conoce el transporte rodado, la gente lo lleva todo ella misma, preferentemente sobre la cabeza. Las vasijas las cargaban las mujeres, de acuerdo con el tradicional reparto del trabajo en el hogar. Además, un niño ni siquiera habría podido levantar una vasija como aquéllas, y en este mundo pobre, en una casa casi nunca había más que un solo recipiente.

    He aquí que apareció el bidón de plástico. ¡Un milagro! ¡Una revolución! En primer lugar, es relativamente barato (aunque en algunas casas sea el único objeto de valor): cuesta unos dos dólares. Pero lo más importante es que ¡es ligero! Como también lo es el que se fabrique en varios tamaños, de modo que incluso un niño muy pequeño puede transportar unos litros de agua.

    ¡Todos los niños la acarrean! Ahora mismo vemos a un tropel de alborotada chiquillería que, jugando y dándose empujones, se dirige a una fuente lejana en busca de agua. ¡Qué enorme alivio para la mujer africana, agotada hasta el límite de sus fuerzas! ¡Qué cambio tan grande en su vida! ¡Cuánto tiempo ha ganado ahora para ella misma y para la casa!

    Pero eso no es todo. El bidón de plástico tiene un número de virtudes ilimitado. Una de las más importantes radica en que sustituye a la persona en una cola. Había que hacerla (allí donde el agua se trae en cisternas) durante días enteros. Estar a la intemperie bajo el sol del trópico es una tortura. Antes no se podía dejar la vasija e irse a la sombra, porque la podían robar, y era demasiado cara. Ahora, en cambio, en lugar de personas, se forman colas de bidones de plástico, mientras sus dueños se refugian del sol o se van al mercado o a hacer alguna visita. Al viajar por África, se ven muchas de esas kilométricas y multicolores filas de bidones esperando a que aparezca el agua.

Unas palabras más a propósito de los niños. Basta detenernos por un momento en alguna aldea o pueblo, o incluso, sencillamente, en medio del campo, para que enseguida nos rodee un nutrido grupo de niños. Todos, indescriptiblemente harapientos. Todos, con unos inimaginables andrajos que hacen las veces de pantalones y de camisas. Como única fortuna, como único alimento, una calabaza pequeña con un poquito de agua. Todo pedazo de pan o de plátano desaparecerá, engullido, en un abrir y cerrar de ojos. Entre estos niños, el hambre es algo habitual, una forma de vida, una segunda naturaleza. Y, sin embargo, lo que piden no es pan ni fruta, ni siquiera dinero. Piden un lápiz. Un bolígrafo. Su precio: diez centavos. Sí, pero ¿de dónde sacarlos? Y a todos ellos les gustaría ir a la escuela, les gustaría estudiar. A veces incluso van a la escuela del poblado (un lugar al aire libre, a la sombra de un gran mango), pero no pueden aprender a escribir porque no tienen con qué hacerlo, no tienen lápiz.

 

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